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| ENTRADA AL SÓTANO DEL CHALET QUE CONDUCÍA AL TÚNEL DE LA MUERTE. ALLÍ SE PRODUJERON LOS ASESINATOS |
EN LA CRIPTA
Son las nueve de la mañana de un dos de noviembre. El año,
quizá sea el 1979. Mientras suena la música de entrada al colegio, Marta y sus
amigas Susana y Paloma, se miran entre ellas. Hoy va a ser el día. Estudian
octavo de E.G.B. en el colegio de Ntra Sra de la Providencia en Usera. Llevan
juntas desde chiquitinas. Fue Charo, la abuela de Marta quien les contó que en
ese colegio, hace muchos años ocurrió un suceso muy trágico. Que bajo sus pies,
mientras ellas estudian literatura, música o matemáticas, sesenta y siete almas
errantes pululan por la Cripta. Ellas de sobra saben de la existencia de dicha
Cripta. Eso sí, la puerta siempre está cerrada. Para ir al gimnasio tienen que
pasar por delante de ella. El laboratorio está a la izquierda junto a unos
baños. Nunca han entrado. Lo tienen prohibido. Tan solo se abre una vez al año
el dos de noviembre. Por la tarde. Después de la misa de los difuntos que se
celebra en la Capilla del colegio. Suele venir gente muy engalanada y una mujer
mayor a la que todo el mundo besa. Esta vez sí podrían estar.
En una ocasión, según salían del gimnasio, vieron que la
puerta estaba entreabierta. Pudieron asomarse un poco. Y es que una de las
monjas entró con un pequeño ramo de
flores pero, enseguida, se perdió en la oscuridad. Apenas la luz de una vela
iluminó lo que parecía ser una hilera de nichos a ambos lados del pasillo. Le
pareció ver que las lápidas eran de mármol rosa. ¿rosas? La intriga estaba asegurada.
Habían oído hablar de un túnel, de la guerra civil, de que Usera estaba
dividida en dos pero, a su edad les podía más la curiosidad y, sobre todo, el
acceder a lo prohibido.
Marta, Susana y Paloma solían ir a montar en patines a la
Plaza Romana. Muy cerquita vivía su abuela Charo, justo en la calle doctor
Sanchís Banús. ¡Cuántas historias les contaba a cerca de la colonia Moscardó!
Que si habían encontrado trincheras con algún que otro proyectil o bomba sin
detonar, que si en unas excavaciones aparecieron cantidad de cadáveres de la
guerra civil… ¡y todo a unos cientos de metros de su casa!... ¿sabéis que la
colonia Moscardó, antes de la guerra, se llamaba la Colonia Salud y Ahorro o
Casas Ultrabaratas? Pues sí. Estos terrenos y casi toda Usera fue la Dote que recibió Don Marcelo Usera de
su primera esposa…Y así mil y una batallitas pero, en la cabeza de Marta, solo
había sitio para esa Cripta.
Cinco de la tarde. Terminan las clases. Las tres amigas han
decidido quedarse porque saben que en una hora, se abrirá la puerta del
misterio y no quieren dejar pasar esta oportunidad. Un año es mucho tiempo.
A Marta le gustan mucho los libros de intriga, detectives y
demás historias policíacas. Cada vez que en el cine Usera proyectan alguna película
de ese género, les pide a sus hermanos mayores que la lleven. El señor Montero,
el acomodador, ya la conoce. Siempre que pasa por la calle Gabino Jimeno,
conocida como la calle del cine, le pregunta que cuándo van a poner más
películas de esas.
Un día, mientras estaba con su madre comprando un pollo asado
en Ayacúa, escuchó a dos hombres que discutían sobre si el barrio de Usera,
durante la guerra civil, fue más republicana que nacional. Por los
acaloramientos a los que llegaron los dos, se dio cuenta de que cada uno perteneció
a un “bando” como bien recalcaban a voz en grito. Y resultó que eran hermanos.
A Marta le sorprendió enterarse de esto
último. Se miraban con odio. El más alto dio media vuelta y se marchó, no sin
antes escuchar cómo su hermano le llamaba asesino por seguir defendiendo la salvajada
cometida en el pequeño chalet situado en el número cuatro de la calle Alfonso
Olivares .
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| EL CHALET Nº 4 DE LA C) ALFONSO OLIVARES. HOY C) MONEDEROS |
Su emoción iba en aumento. Hubiera deseado haber escuchado
más cosas por parte de aquellos hermanos.
Quiso preguntarle a su madre pero sabía la respuesta que le iba a dar.
Tanto ella como su abuela siempre le decían que “la guerra civil fue una guerra
entre hermanos y que, en consecuencia, hubo muchísimo dolor en todas las
familias. Todos quieren olvidarla pero no pueden”. Marta se quedó intrigadísima
con la historia del chalet sin imaginarse siquiera, la relación tan estrecha
que tenía con la Cripta de su colegio.
A las seis en punto de la tarde comienza la misa. Durante la
homilía, el sacerdote hace mención a los sesenta y siete cuerpos que están allí
enterrados desde la guerra civil.
En ese momento Marta, que se ha sentado en los últimos bancos con sus amigas,
se levanta con sigilo, las mira y se lleva el dedo índice a la boca. “Nos
digáis nada, silencio” parece decirlas. Paloma, que está a su lado, intenta
agarrarla del brazo para que no se vaya. Ya se están imaginando lo que pretende
hacer. No consiguen detenerla. La Capilla está llena. No cree que nadie se vaya
a dar cuenta de su huida. Atraviesa el patio de colegio, se encamina hacia las
escaleras. Comienza el descenso pues allí abajo, se encuentra la Cripta ¿Estará
abierta ahora? Mira hacia atrás. Se inclina un poco hacia adelante para no
dejarse sorprender. Miedo, lo que se dice miedo no tiene mucho. Solo le
preocupa que la pillen y el consiguiente disgusto a sus padres. Si fuera el
caso, ya tenía pensado lo que iba a decir: “es que tenía que ir al baño, no
podía aguantar más”. No sabía si era muy creíble o no pero, como excusa, es de
lo más normal.
Según iba bajando el primer tramo de las escaleras, se topó
con un hombre. Se asustó un poco y soltó un pequeño grito. “Tranquila Marta”,
le respondió el hombre. Ahora se asustó más al escuchar su nombre. No se
atrevía a soltar palabra. Por un momento enmudeció pero, al rato, pensó que
quizá fuera el padre o el abuelo de alguna compañera que la había reconocido. Y
digo padre o abuelo porque para Marta, el que alguien pase de los veinte años
ya es un señor mayor.
- - ¿Me
conoce?
- - Claro.
Tú estudias aquí y más de una vez te he visto pululando por la Cripta.
- - Pues
yo no le he visto nunca a usted.
- - Lo
sé, lo sé. Y también sé que te encantaría entrar en ella y que alguien te
cuente la historia de lo que ocurrió dentro. Yo podría.
Marta estaba algo nerviosa. No sabía si salir de allí
corriendo y volver a la Capilla o decirle a ese hombre que la llevara dentro.
“No hables con extraños ni se te ocurra irte con ellos”, le saltaron a su mente
las palabras de su madre. Se dio media vuelta y cuando empezó a subir las
escaleras para irse, el hombre le dijo “yo estuve aquí cuando los asesinatos”.
Marta se detuvo. Era lo que necesitaba oír. Los dos bajaron a la Cripta. Le
llamó la atención la ropa que llevaba el hombre. Sobre todo ese cinturón de
hebilla grande que ya no se estilaba. No debía de tener más de cuarenta años
pero vestía como su abuelo, le recordaba a él. Nunca llegó a conocerle pero su
abuela tenía una foto de él, en su mesilla de cama. Aún en blanco y negro, se
le veía joven y muy guapo.
En la puerta le temblaban las manos. Tanto tiempo esperando
este momento y, por fin, estaba a un paso de entrar. La visión de los sesenta y
siete nichos de mármol rosa fue sobrecogedora. En cada uno de ellos, un nombre
grabado y una profesión. Enfrente, había
un trozo de pared, distinta del resto, protegida por un cristal en la
que había un escrito. Sí, sí, en la pared se podían observar frases hechas con
algún objeto punzante. Decía lo siguiente: “Me han preparado una encerrona y traído a esta casa
con otros quince más, espero nos fusilarán, cúmplase la voluntad de Dios.
Manuel Toll Messía, Carbonero y Sol 4. Madrid a 8 de noviembre de 1937”.
Creo que Marta podía escuchar sus
propios latidos. Giró a la derecha y un nuevo pasadizo, con más nichos, que
acababa en un pequeño altar con un crucifijo en lo alto.
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| TROZO DE PARED ORIGINAL CON LA INSCRIPCIÓN |
Se dirigieron de nuevo hacia el
trozo de pared. El hombre tocó el
cristal. Cerró los ojos y, en un susurro, dijo:
“Todo comenzó en una pensión...Madrid
era roja en la guerra civil. Seguro que aquí, en el colegio habrás estudiado
que durante esta guerra había dos bandos: los republicanos y los nacionales.
Esa pensión daba alojamiento a los nacionales y religiosos para salvarles de
los ataques de los comunistas. Pero llegó a oídos de los rojos y entre dos
capitanes pertenecientes a la 36 brigada Mixta, Casimiro Durán y Juan Cabrera,
urdieron un terrible plan. Corrieron la voz de que en un chalet de Usera, de la
calle Alfonso Olivares había un túnel que, previo pago de dinero y joyas, te
pasaba a la zona nacional. ¿Y dónde está esa calle? No me suena de nada. Claro,
Marta, es que la cambiaron de nombre. Ahora se llama calle Monederos. ¡¡Pues si
está aquí mismo!! Sí, por supuesto que está aquí mismo. Estamos en el mismísimo
Túnel de la Muerte. Todo fue una trampa. Yo estaba en el bando nacional. Éramos
muchos los que queríamos huir de las garras de los comunistas. Y nos engañaron.
Consiguieron que hubiera ocho expediciones a ese chalet. Nos prometieron que
detrás de ese túnel, estaríamos a salvo. Fue una encerrona. La primera
expedición entró y una vez dentro les robaron, torturaron y mataron. A las
siguientes expediciones las torturaron aún más. Así hasta sesenta y siete
personas que son las que están aquí enterradas. Ya ves. Estamos en el sótano de
aquel sangriento chalet ¿Y ves este trozo de pared? Marta no le quitaba ojo, ni
al hombre ni a la pared. Es resto de la original. Es lo que queda del
antiguo túnel y lo conservan porque, el escrito que hay, es una prueba del
sufrimiento vivido en este lugar. Se escribió con la hebilla de un cinturón.
- - Pero entonces, ¿tú te salvaste?
¿conseguiste escapar?
En ese instante, Marta escucha
voces. Es la gente que va llegando. La misa ha terminado. La van a pillar allí
mismo. Sale corriendo sin ver ni decir nada más. Se mete en el baño. Bajan unas
cincuenta personas. Cuando todo el groso entra en la Cripta, ella sale y se une
al grupo como si nada. Sus amigas no hacen más que mirar para todos los lados
hasta que se vuelven a encontrar. ¿Estás loca? ¿Dónde te has metido?..No os lo
vais a creer. He estado hablando con un hombre que me ha contado toda la
historia. ¡¡Hasta él mismo estuvo aquí!!
Desde dentro, nos mandan callar.
Los familiares rezan a sus difuntos. La señora mayor, a la que todo el mundo
besa, se acerca al cristal que recubre el trozo de pared en donde se encuentra
el escrito. Lo toca. Cierra los ojos. Del bolso saca una fotografía en blanco y
negro. La besa y la coloca junto al cristal. ¿Quién es esa mujer?, pregunta muy
bajito Marta a una de las monjas. Esa es la mujer de uno de los que fueron
asesinados en el túnel. Precisamente de Manuel Toll Messía. Él fue quien,
dándose cuenta de lo que les iban a hacer, se quitó el cinturón y con su hebilla escribió en la pared estas palabras que han sido decisivas para
resolver lo que ocurrió aquí dentro.
Marta se acerca al cristal. Ve la
foto del marido… El grito se alargó hasta dejarla sin aliento.


